La zaga de un dúo dinámico
En materia de bebidas alcohólicas asociamos a México con la cerveza y el Tequila. No así con el consumo de vinos, sin embargo, debemos dejar esta idea de lado, porque también la globalización ha llegado al país azteca. Esta es una historia que cuenta cómo gracias al vino, dos jóvenes uruguayos, se encontraron en México, formaron pareja, se casaron y hoy son padres de dos hijos. No se conocían acá y cada uno emigró al país azteca, en busca de un mejor futuro

Laura Chiappella, enóloga, nacida y criada en la bodega familiar en Canelones. Fernando Heguerte, un empresario nato, había trabajado para una bodega en Uruguay y como gerente en una AFAP. Ella trabajó en la bodega de su padre e inquieta como es, hizo una pasantía en Estados Unidos, donde trabajó con dos enólogos que la entrenaron, para darle el buen nivel técnico que hoy tiene. Fue contratada por un bodeguero mexicano como asesora y finalmente se quedó a vivir allá, en Baja California.
Fernando por su parte, se instaló como importador de vinos. Uruguayos al principio, pero luego diversificó su portfolio hacia otras procedencias. Hace dos décadas era un momento en que la cultura del vino avanzaba en México y se creaban nuevos emprendimientos. Sus clientes le pedían vinos mexicanos y Laura ya sabía cómo hacerlos, así que en un evento se encontraron y fue el comienzo de esta fructífera relación, sentimental y empresarial.
Fernando estuvo en Montevideo y fue el momento ideal para charlar y saber más de esta zaga. “Yo importaba vinos uruguayos de Leonardo Montes Toscanini, que es un enólogo, que sabe hacerlos como al consumidor le gusta. Además, la relación calidad precio es la mejor. Cuando vino el primer mandato de Trump, la gente empezó a pedir vino mexicano, que en ese entonces no era tan bueno. Conocí a Laura en un evento en Puebla y sabía que los suyos de Ensenada, eran muy respetados. Así comenzó nuestra historia, me comentaba con una sonrisa.”
Ella no tenía viñedos, pero compraba la uva con la calidad necesaria. Juntos arrendaron una bodega e instalaron sus tanques y sus barricas de roble. “Empezamos en 2012 y a nuestro emprendimiento lo llamamos Altotinto, porque eran los preferidos en aquellos años. Hoy, esto ya cambió mucho y la gente aprendió a gustar de blancos y rosados. Son los que prefieren los gringos que van a Cancún y nosotros vendemos mucho a hoteles y restaurantes. No trabajamos con supermercados, no es un segmento interesante para nosotros”, decía sobre su enfoque comercial.
Ensenada es donde Altotinto está radicado y es una zona más bien seca, de temperaturas moderadas, con veranos cálidos y frescos vientos oceánicos que ayudan a evitar el estrés térmico en las plantas. Laura y Fernando arriendan allí, un espacio en la bodega de un amigo, donde han instalado sus tanques de fermentación y barricas de roble. Este valle es conocido por su clima y su terroir, ideales para la producción de vino. Comenzaron procesando unas 40 toneladas de uvas en cada vendimia, para llegar hoy a las 150. No sólo para sus vinos, sino también para terceros que los venden con sus propias marcas.
En poco más de una década, Laura y Fernando han transformado su pasión en un legado, demostrando que el amor por el vino puede unir culturas. Altotinto no solo es un negocio, sino un testimonio del potencial del vino mexicano en el escenario internacional.
EDUARDO LANZA
Ingeniero Químico y experto en vinos. Su pasión lo ha llevado a visitar terruños, descubrir cepas y probar las más variadas etiquetas. Comparte su saber y anécdotas de una forma atractiva desde hace más de 20 años. Escribe y enseña con el mismo placer que degusta un vino. Nos lo cuenta en un contexto histórico y cultural, y eso también lo hace diferente.