Al entrar a la Bodega Spinoglio, cuatro enormes piletas cilíndricas, se alinean al costado del camino. Estaban en desuso desde hace años y hoy se reconvirtieron en habitaciones para turistas. Quedaron como testigos de épocas pasadas, cuando en ellas se depositaban una parte de los 2 millones de litros de vinos de mesa, que la familia procesaba cada año. Pero llegó el momento de los vinos finos y las pequeñas partidas varietales ya no las precisaban

En 2002, Diego Spinoglio dejó sus estudios de arquitectura y a pedido de su padre, comenzó a ayudarlo en la necesaria reconversión. Hubo que desarrollar mucho ingenio, para que esa legendaria empresa fundada en 1898 por don José Campomar, pudiera seguir adelante. Llegaron los años en que el turismo de bodegas se posicionó y se imponía aprovechar las instalaciones del enorme edificio. “Esto nos obligó a rescatar las construcciones existentes para un nuevo uso, pensando en dedicarnos al rubro de bodas y la realización de eventos de mayor escala. En el interior ya no quedaban los grandes toneles de principios de siglo, sólo dejamos un par de ellos como elementos decorativos y testigos de épocas pasadas”, narra Alejandra Bruzzone esposa de Diego y arquitecta.

Eran años en que la llegada de cruceros crecía y a los turistas les gustaba bajar del barco y alejarse de la ciudad, para entrar en contacto con la naturaleza. Que mejor manera de hacerlo, si se puede visitar y recorrer un viñedo con una copa de buen vino en la mano. Ellos pudieron concretar entonces, un acuerdo con la agencia organizadora y Alejandra puso manos a la obra para remodelar los espacios interiores, sobre todo la antigua cocina para adaptarle el imprescindible comedor contiguo. Así surgió un nuevo rubro económico para colaborar con la gestión de Diego y sus vinos finos.

Faltaba un paso más – el del alojamiento de visitantes – que recién se pudo concretar este verano. Estaba claro que las grandes piletas ya nunca más se iban a usar y por otro lado era algo que siempre llamaba la atención, en especial al turista que llegaba. En otras bodegas del mundo no es común encontrar esos enormes cilindros de bloque y hormigón. Pero adaptarlas a su nuevo destino de habitaciones, significaba un reto mayor.

Uno de los desafíos fue definir las intervenciones justas, las que no afectaran la estructura y que por otro lado no le hicieran perder su carácter a las piletas porque… “Estos grandes cilindros hablan no sólo del pasado de esta bodega, sino que reflejan un momento histórico de la vinicultura del Uruguay”, explica ella.

Es así como una vez remodeladas, por fuera solo se acusan los vanos de ventanas y puertas, manteniendo el carácter robusto original del cilindro de concreto, “mientras que por dentro el huésped se encuentra con un espacio moderno, bien alhajado y de gran calidad arquitectónica,” explica Alejandra.

Las bocas superiores de las piletas – sus accesos originales – se transformaron en tragaluces, para reducir el consumo de iluminación artificial y además permite contemplar el cielo desde la cama”, agrega

A las paredes interiores les conservó la textura provocada por la cristalización del ácido tartárico del vino. La calefacción es por loza radiante eléctrica y por supuesto cuentan con aire acondicionado. No se les colocó televisión pensando en vivir una experiencia de desconexión con la vida habitual, pero de conexión con lo rural y la naturaleza.

El restaurante entonces pasó a contar con un servicio más extendido, o sea, desayuno, almuerzo y cena. Funciona a la carta en las tres instancias, como un signo distintivo y pensando en dejar menos desechos. Si el huésped pide una omelette se le hace al momento y lo mismo con un sándwich caliente o las tostadas.

El Hotel de Viña de los Spinoglio ya está funcionando y queda a tan solo media hora del centro de Montevideo. Es otra de las tantas iniciativas similares que están vigentes en la zona rural de la capital. En este caso con un valor agregado, como lo es el rescate de una herencia histórica, de la mano de una pareja que ama la arquitectura.