Genio y figura
La crisis financiera de 1929 impulsó al catalán Juan Carrau Sust a emigrar con su familia a Uruguay. Su suegro que había llegado antes al país le recomendó contactar a Juan Bautista Passadore, que cultivaba un viñedo en Colón. Lo conoció, se entendieron y se asociaron para armar una bodega, que con el tiempo supo ser de las líderes en nuestro país. Quico – Juan Carrau Pujol – uno de sus hijos se les unió. Ya había cursado administración de empresas y cuando su padre enfermó, tomó las riendas del negocio. “Para lograr una gestión integral y exitosa, incursionó luego en las cuestiones de la viña y los procesos de bodega. Lo hizo a través de colegas e incluso con los curas salesianos de la Escuela Agrícola Jackson”, recuerda su hijo Francisco. “Su talla como empresario de empuje ya se puede intuir, sabiendo que además de la bodega, era propietario de un criadero de pollos y de una fábrica de fertilizantes agrega Pancho

Ser independiente implica arriesgar
Pero tal vez su dimensión como emprendedor se aprecia mejor, por otros logros que siguieron a los iniciales. Por ejemplo, el potencial del mercado brasileño le impresionaba tanto que, en los años 70, decidió crear una bodega en Caxias do Sul, una zona vitícola con mucha inmigración italiana. Cinco años después, impresionado por la tendencia mundial a producir vinos de calidad, decidió separarse de la empresa original para crear la propia. También en Colón y con la colaboración de sus hijos, la bautizó Vinos Finos Juan Carrau. Otra jugada arriesgada, en la que dejaba atrás la venta de vinos comunes y de damajuana, los que mayor demanda tenían entonces en el mercado nacional, para iniciar con la producción de vinos finos.

Una marca, para destacarse precisa un ícono
Y don Quico la creó. Inspirado en una botella europea que un primo le mostró, decidió crear una similar para sus vinos finos. No era cilíndrica, sino achatada, curva y retacona. Registró el modelo bajo la grifa Castel Pujol y el desarrollo exitoso, quedó a cargo de Cristalerías del Uruguay. “Esa botella derivó en un clásico, junto con la creación de un rosé muy agradable, en base a Cabernet y Merlot, que a todo el mundo le gustaba”, recuerda su hija Margarita Carrau. Hoy en día ese vino sigue siendo uno de los más vendidos de Bodega Cerro Chapeu. Por su parte Pía Carrau, 3ª generación de la familia y CEO de la empresa, con cierta nostalgia se expresa así: “El hecho de que esa botella haya sido parte de tantas mesas familiares en Uruguay, es algo que me emociona mucho, de un producto que fue creado por mi abuelo, a quien no llegué a conocer”.

La calidad exige una nueva aventura
Por último y cómo otra demostración de la extraordinaria visión de don Quico Carrau, tuvo la audacia también en los años 70, de comprar un predio y plantar viñedos en Rivera. Antes, había realizado un proyecto de investigación de suelos, con la ayuda de técnicos de la Universidad Davis de California, que concluyó que los arenosos de Cerro Chapeu, eran los mejores para obtener vinos de calidad superior. Así nació este otro emprendimiento que tuvo su coronación cuando a fines de los 90, comenzó a operar la nueva bodega riverense. Se evitaba así, trasladar las uvas del norte a las instalaciones de Colón para procesarlas. Hoy esta unidad y desde 2016, está a cargo de tres de los hijos de don Quico: Gabriela, Francisco y Margarita. Ellos quisieron homenajear la trayectoria de su padre con los nuevos vinos que se acaban de presentar.
EDUARDO LANZA
Ingeniero Químico y experto en vinos. Su pasión lo ha llevado a visitar terruños, descubrir cepas y probar las más variadas etiquetas. Comparte su saber y anécdotas de una forma atractiva desde hace más de 20 años. Escribe y enseña con el mismo placer que degusta un vino. Nos lo cuenta en un contexto histórico y cultural, y eso también lo hace diferente.