Hay lugares que se visitan y otros que se sienten. De'Ricci Cantine Storiche pertenece, sin duda, a estos últimos. Cuando llegamos a Montepulciano, nada hacía imaginar que bajo sus elegantes calles medievales nos esperaba uno de los espacios más sorprendentes de todo nuestro recorrido por la Toscana. Tras atravesar la puerta de un antiguo palacio renacentista, comenzamos a descender lentamente hacia un mundo oculto, donde el tiempo parece haberse detenido

A cada paso, la temperatura cambia, la luz se atenúa y el silencio adquiere protagonismo. Frente a nosotros se despliega un laberinto de galerías excavadas en la roca hace siglos, con enormes bóvedas de piedra y gigantescas barricas que descansan en una atmósfera casi sagrada. No es difícil comprender por qué muchos las llaman las catedrales subterráneas del vino.

Estas cavas, algunas con orígenes en el siglo XIII, no fueron construidas para impresionar a los visitantes. Nacieron por una necesidad práctica: ofrecer las condiciones ideales de temperatura y humedad para la crianza del vino. Sin embargo, el paso del tiempo las convirtió en un patrimonio histórico y muy valorado, para el enoturismo actual.

 

Fue allí donde conocimos más de cerca la historia del Vino Nobile di Montepulciano DOCG, uno de los grandes vinos clásicos de Italia. Su prestigio viene de lejos. Ya era apreciado por la nobleza y por las cortes europeas durante el Renacimiento, y el poeta Francesco Redi le dedicó una frase que aún hoy emociona a los amantes del vino: «Montepulciano d’ogni vino è re» —»Montepulciano es el rey de todos los vinos».

Mientras recorríamos aquellas galerías resultaba inevitable pensar en las generaciones de viticultores que, durante siglos, caminaron por esos mismos pasillos. El vino, en lugares como este, deja de ser solamente una bebida para convertirse en una expresión de cultura, de paciencia y de memoria.

La degustación confirmó lo que el entorno ya anticipaba. Vinos con una identidad profundamente ligada al territorio hicieron que cada copa resumiera la esencia de Montepulciano.

En Catadores solemos decir que viajar por las regiones vitivinícolas del mundo es mucho más que visitar bodegas. Es descubrir las historias que hay detrás de cada etiqueta, conocer a las personas que las hacen posibles y comprender cómo el paisaje, la arquitectura y la tradición terminan reflejándose en el vino.

Nuestra visita a De’Ricci fue precisamente eso: un encuentro con la historia viva de la Toscana. Una experiencia que difícilmente se olvida y que confirma que algunos de los grandes tesoros del vino italiano no se encuentran sobre la superficie, sino varios metros bajo tierra.