INVIERNO: el whisky y las estaciones
Nosotros somos tiempo. No simplemente vivimos en él: estamos atravesados por su fluir, modelados por sus ciclos y transformados por cada estación que deja una huella en nuestra memoria. El tiempo no transcurre fuera de nosotros; somos, en buena medida, la materia de la que estamos hechos

El whisky también es una misteriosa forma del tiempo. No porque permanezca inmóvil durante años en una barrica, sino porque vive sometido al mismo pulso que nos habita. Con cada invierno se contrae entre las fibras del roble; con cada verano vuelve a expandirse, respirando lentamente a través de la madera. Ese movimiento, casi imperceptible, es el diálogo silencioso entre la naturaleza y el espíritu destilado.
Cada estación escribe un nuevo capítulo en su historia. El frío concentra; el calor libera. La humedad, el viento y el incesante paso de los días modelan su carácter con una paciencia que ninguna mano humana puede acelerar. Así como nosotros no somos los mismos después de cada primavera o de cada otoño, tampoco lo es el whisky. Ambos maduramos porque el tiempo nos transforma.
El whisky no pretende imponerse al momento; simplemente lo acompaña. En invierno se convierte en refugio. En verano, en celebración. En otoño invita a la introspección. En primavera despierta aromas florales y notas de fruta fresca.
No existen estaciones para beber whisky. Existen whiskies capaces de expresar cada estación. He repetido muchas veces que la clave para disfrutar plenamente de esta bebida puede resumirse en dos palabras: sabor y ocasión.
Con la llegada del invierno solemos inclinarnos por whiskies más robustos, aquellos que parecen abrigarnos el alma. Entre ellos destacan: los de Islay, con sus intensas notas de humo, turba, algas marinas y brasas; como pueden ser: Lagavulin, Laphroaig, Ardbeg y Bowmore.
Los de las Highland con mayor cuerpo, rebosantes de especias cálidas, cuero y frutos secos; como: Highland Park, Aberlour y Edradour.
Los Single Malt con fuerte influencia de barricas de Jerez, donde aparecen pasas, dátiles, higos, nueces, chocolate, avellanas, almendras y café; como lo reflejan: The Macallan, GlenDronach y Glenfarclas.
Los bourbon criados en barricas nuevas de roble americano, con notas de vainilla, caramelo y canela: Woodford Reserve, Buffalo Trace y Four Roses.
En invierno, el whisky parece expandirse lentamente en la copa e invita a detener el tiempo. Porque, así como cambia el clima, también cambia nuestro estado de ánimo. Del mismo modo que no escuchamos siempre la misma música, tampoco beberíamos siempre el mismo whisky.
Quizá por eso una copa de whisky logra conmovernos tanto. En ella no solo descubrimos aromas y sabores; también encontramos recuerdos. Degustamos inviernos y veranos, amaneceres y crepúsculos, encuentros y despedidas. Cada sorbo guarda la memoria de innumerables estaciones que aún siguen respirando dentro de la barrica y de nuestro ser.
Tal vez allí resida el gran secreto que el hombre comparte con el whisky: ambos son materia del tiempo. Ambos se expanden y se contraen, cambian sin dejar de ser quienes son y encuentran, en el lento devenir de las estaciones, la posibilidad de revelar su verdadera esencia.
JUAN CARLOS BAUCHER
Experto en whisky y destilados. Autor del libro “Whisky, agua de vida.". Embajador de las marcas de destilados más destacas del mundo. Se formó en Escocia. Desarrolló los mercados de México, Argentina, Chile, Perú, Paraguay y Uruguay. Disfruta transmitir sus conocimientos y lo hace con gran pasión en: cursos, talleres, clases magistrales y degustaciones. Al contar el origen de las bebidas, la historia se conjuga con: mitos, leyendas, poesía y la épica de un relato que Juan Carlos hilvana con gran maestría.