Ubicado en el corazón de la Ciudad Vieja, el Café Brasilero es mucho más que una cafetería: es un pedazo vivo de la historia montevideana. Fundado en 1877, el “Brasilero” es el café en funcionamiento más antiguo de la ciudad y uno de los más emblemáticos del país. Su atmósfera, cargada de pasado, sigue siendo punto de encuentro para quienes valoran el encuentro del café, las conversaciones pausadas y la tradición cultural del lugar

Entrar al “Brasilero” es hacer un pequeño viaje en el tiempo. Su mobiliario de época, sus mesas de madera gastada y sus ventanas que dan a Ituzaingó crean un ambiente con cierta nostalgia, pero de la linda. El piso de madera cruje cada vez que alguien camina, pero lejos de molestar, acompaña con su sonido: es parte del murmullo ambiente, como una música discreta que completa la escena.

Fui un lunes, pasado el mediodía, y como en tantas otras veces que he ido, la escena era la misma pero siempre distinta. Oficinistas que hacen una pausa para almorzar o tomar un café, alguna pareja hablando en voz baja, un lector solitario con el diario en mano, y turistas, solos o acompañados, que, entre sonrisas y asombro, fotografían cada rincón. La clientela de este tradicional café es tan variada como entrañable. Hay mucho acento portugués en las mesas: visitantes brasileños que llegan por la fama que tiene el lugar, y quizás también por esa familiaridad que indica el nombre.

Por estas mesas pasaron grandes personajes como Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Eduardo Galeano y hasta Carlos Gardel. De hecho, dicen que Onetti escribió ahí las primeras líneas de El pozo. Pero más allá de los ilustres, lo que permanece es la vida cotidiana que sigue fluyendo en este café.

En esta visita, mientras tomaba notas, por ejemplo, se abrió la puerta y un señor se quitó el sombrero antes de entrar. Si algo faltaba para que la escena se volviera casi cinematográfica, era eso. Era un lustrabotas que ingresó y recorrió el local desde la puerta hasta el mostrador, y desde allí pegó la vuelta, ofreciendo su trabajo con voz baja pero firme, sin interrumpir las conversaciones. Entre turistas que no entendían, championes y gente en la suya, no tuvo suerte esa vez. Se puso de nuevo el sombrero y salió, perdiéndose por la calle.

Aunque su fuerte es el valor simbólico y patrimonial, el café también se toma en serio la parte gastronómica. La carta incluye desde clásicos como el cortado o el expreso, hasta opciones más actuales como capuchinos y cafés saborizados. También ofrecen un homenaje especial a Galeano: el “Café Galeano”. Además del café, hay opciones de repostería casera y algunos platos livianos para el almuerzo.

Aunque buena parte de su fama proviene del pasado, el café Brasilero es un espacio activo en la escena cultural de Montevideo. A lo largo del año, suelen organizarse presentaciones de libros, ciclos de lectura, tertulias o pequeñas muestras de arte.

El Brasilero se reinventa, por supuesto, para mantenerse vigente, pero no para cambiar: su encanto radica justamente en su autenticidad. No hay grandes pantallas ni ruido de máquinas modernas, sino solo un murmullo, olor a madera antigua y a café recién hecho. Es ideal para una pausa en el centro, una charla en voz baja o simplemente para sentarse solo, mirar por la ventana y sentirse parte de algo más grande: de una historia que sigue viviendo.

Café Brasilero está en Ituzaingó 1447 y su Instagram es @cafebrasilero.uy