Con la ampliación del torneo de la FIFA, el mapa del fútbol se agranda y nos invita a descubrir viñedos insólitos. El cronista brasileño Ricardo Bohn Gonçalves aceptó el desafío de analizar quiénes juegan este "segundo campeonato". La decisión de la FIFA de estirar a 48 los países participantes en la próxima Copa del Mundo no solo buscan globalizar aún más el fútbol, sino que también abre una ventana fascinante para los amantes de la enología. Frente a esta enorme lista de competidores, el conocido comunicador y catador paulista Ricardo Bohn Gonçalves se planteó una pregunta tan original como oportuna: ¿cuántos de los países clasificados producen sus propios vinos? El resultado de su investigación es un viaje sorprendente que va desde las potencias tradicionales hasta rincones donde la vid desafía a la geografía y al clima

Ricardo Bohn Gonçalves

Los campeones de siempre: De la tradición al cambio climático

Ricardo empezó su análisis por el Olimpo del fútbol: los ocho países que alguna vez levantaron la Copa del Mundo. En este selecto grupo, la condición de productores de vino se cumple de manera sobresaliente.

Por el lado sudamericano, Argentina, Brasil y Uruguay defienden con fuerza su prestigio vitivinícola en el Cono Sur. Cruzando el Atlántico, los gigantes europeos —Italia, Francia, España y Alemania— son reconocidos productores desde tiempos inmemoriales. La sorpresa en este grupo la da Inglaterra: ayudado en las últimas décadas por el calentamiento del planeta, el sur de la isla se ha sumado a este seleccionado gracias a la elaboración de espumosos excepcionales que hoy compiten de igual a igual con los mejores del continente.

América: De los gigantes a la «latitud cero»

Siguiendo en nuestro hemisferio, las realidades son de lo más diversas. Estados Unidos pisa fuerte como el cuarto mayor productor mundial, mientras que su vecino del norte Canadá, desafía las bajas temperaturas para regalarle al mundo sus célebres Ice Wines (vinos de hielo) a partir de uvas congeladas. Más al sur, la Baja California en México ha consolidado un potente polo vitícola que se distingue internacionalmente por la gran calidad y el carácter de sus etiquetas.

Sin embargo, el mapa se vuelve más exótico a medida que descendemos. “Me dicen que en Paraguay también se producen vinos, aunque nunca he tenido la oportunidad de probarlos”, afirma Ricardo. En tanto, Colombia explota con ingenio sus viñedos en regiones de gran altitud para compensar el clima tropical.

Viñedos en la mitad de mundo

La gran revelación para el cronista fue Ecuador: “Desconozco sus vinos, pero al realizar esta investigación encontré que, en la provincia de Guayas y muy cerca del Pacífico, la bodega “Dos hemisferios” es reconocida por sus logrados ensamblajes de Cabernet Sauvignon y Malbec”. Finalmente, el Caribe y Centroamérica muestran señales en Curaçao, Haití y Panamá, aunque allí la actividad parece encontrarse todavía en una fase estrictamente experimental.

Europa: Clásicos indiscutibles y experimentos nórdicos

En el Viejo Continente, el panorama va mucho más allá de los sospechosos de siempre. Austria brilla con luz propia gracias a sus blancos de Grüner Veltliner, una cepa que representa el 30% de su superficie cultivada. Suiza, por su parte, es famosa por la uva Chasselas, cuyos vinos maridan a la perfección con el clásico fondue de queso local. Incluso Bélgica, una tierra históricamente entregada a la devoción por la cerveza, produce hoy interesantes vinos blancos en las regiones de Flandes y Valonia.

Hacia el este, Moravia se erige como el corazón del vino en la República Checa, marcando el límite norte de lo que académicamente se considera la viticultura europea viable. Un límite que, de todas formas, el cambio climático está empezando a desdibujar: países como Escocia, Países Bajos, Noruega y Suecia ya han comenzado a experimentar con viñedos, enfocándose principalmente en variedades blancas como la Chardonnay.

Racimo de Blatina, típica de Bosnia y Herzegovina

Si nos adentramos en los Balcanes, la riqueza histórica es enorme. Bosnia y Herzegovina sacan pecho con sus uvas autóctonas, como la blanca Žilavka y la tinta Blatina, mientras que Croacia mantiene viva una tradición que se remonta a la época de los antiguos griegos. Muy cerca de allí, Turquía aparece como un gigante dormido: posee la quinta mayor superficie de viñedos del planeta y atesora un festival de uvas nativas que el público exterior apenas empieza a descubrir.

África y Oceanía: Entre volcanes y grandes ligas

Al mirar hacia África, Sudáfrica se mantiene como el gran faro de referencia cualitativa del continente. En la franja norte, Egipto y Túnez se conectan con el vino desde la más remota antigüedad. Lo mismo ocurre con Marruecos y con Argelia, país este último que durante el siglo pasado llegó a ser un actor de peso exportando ingentes volúmenes a granel hacia Europa.

La nota curiosa la da Cabo Verde, donde la producción se concentra casi milagrosamente en la isla de Fogo, con viñedos de baja altitud que crecen sobre las faldas de un volcán activo. En contraste, Ricardo señala una zona en blanco: “No pude encontrar registros de producción en Costa de Marfil, Ghana, Congo ni Senegal”.

Por el lado de Oceanía, no hay misterios: los viñedos de Australia y Nueva Zelanda son jugadores consagrados en el mercado global, conocidos y exportados con éxito a los cinco continentes.

El suelo árido y desértico de Asía

Asia: Joyas ocultas y desiertos imposibles

El continente asiático aporta algunas de las sorpresas más gratas de la investigación de Bohn Gonçalves. Corea del Sur, por ejemplo, cuenta con la Cheongsoo, una uva blanca de perfil súper aromático desarrollada localmente por su Instituto de Ciencias Hortícolas para adaptarse a su particular clima.

Por su parte, Jordania defiende una historia vitivinícola milenaria, mientras que Uzbekistán asoma en las guías como una de las estrellas emergentes del centro de Asia gracias a la recuperación de sus variedades nativas.

La contracara se encuentra en la política y la religión: tierras como Irán e Irak, que supieron ser la cuna de las primeras civilizaciones y de los viñedos más antiguos de la humanidad, hoy tienen prohibido el cultivo de la vid por mandato de la ley islámica. Y si miramos hacia Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, la rigurosidad del clima del desierto hace que el crecimiento de la planta sea, simplemente, una imposibilidad de la naturaleza.

El pitazo final

El exhaustivo relevamiento de Ricardo Bohn Gonçalves nos demuestra que, al igual que sucede en la cancha, el juego del vino se ha vuelto verdaderamente universal. La pelota y la vid comparten una misma virtud: son capaces de unir culturas, derribar fronteras y prosperar en los terrenos más insospechados. Cuando comience a rodar la pelota en el nuevo mundial de 48 equipos, valdrá la pena tener esta guía a mano. Porque en este torneo global, la pasión se va a brindar en muchos más idiomas —y con muchas más cepas— de lo que jamás hubiéramos imaginado.

Fuente: www.rbgvinhos.com.br