No hace mucho que Estela de Frutos – mi amiga de tantos años y catas compartidas - estaba en España y desde allá hizo un posteo sobre el Fondillón, un tinto dulce de la DO Alicante. En Instagram y debajo de la foto de la botella, ella daba una explicación...” no se fortifica con alcohol, a diferencia del Jerez y el Oporto, y envejece como mínimo 10 años, en toneles de roble, en crianza oxidativa. Su dulzor proviene de que, se elabora con una uva Monastrell de cosecha tardía”

El tinto dulce FONDILLÓN

Nunca había oído hablar del Fondillón y mi curiosidad me llevó a investigar en la web. Así, pude encontrar que era un gran favorito del rey francés Louis XIV y tan así que la tradición o la fantasía popular lo evidencia en un hecho muy de leyenda. Se dice entonces que en su lecho de muerte y ya agonizando, pedía beber unos últimos sorbos de su vino preferido. Sin duda esta predilección del Rey Sol influenciaba no sólo a la corte francesa, también a la nobleza europea, como para subrayar el enorme prestigio que este vino español tenía en aquellos años. La paradoja es que hoy no sabíamos de su existencia.

El Rey Sol es su máximo esplendor

Ya en el Renacimiento, la costumbre más extendida era beber el vino diluido con agua y a temperatura ambiente. Aunque también podía ser frío o caliente cuando el invierno apretaba. Cada uno lo hacía según su preferencia. Aunque en Italia y bajo la influencia de Oriente, los mercaderes y sus clientes nobles, comenzaron a usar el hielo o la nieve para refrescarlo. Hubo que encontrar un método para conservarlos y para ello se les enterraba en pozos de nieve o “neveras”, construidas en los jardines de los castillos. Esta práctica se fue extendiendo al resto de Europa, un lujo reservado para los ricos, que ayudó a extender un nuevo rubro comercial: la recolección y venta de hielo. Al instante la pregunta se viene a la mente: ¿Cómo se construían esos depósitos de hielo?

Nevera primitiva

Eran grandes cilindros excavados en la tierra, ubicados en lugares frescos y sombríos. El hielo o la nieve se compactaban y luego se aislaban con capas de paja, tierra u hojas para ralentizar el deshielo. Luego se transportaba a los puntos de venta o consumo, envuelto en materiales aislantes. Sin duda ya se conocía la técnica de agregarle sal, para bajarle la temperatura y eso también se hacía.

Con el tiempo, el hielo y la nieve durante el siglo XVII se convirtieron en productos de uso cotidiano y no sólo un lujo de la nobleza, impulsando así un nuevo rubro comercial.