Sólo con un gran vino se puede organizar una cata vertical de diez añadas. Y menos aún, una como la de Preludio organizada por Santiago Deicas, que abarcó 35 años de vigencia de este icónico tinto de su familia y el Uruguay. Comparar cómo evoluciona e incluso mejora con el paso del tiempo un vino de alta gama es, sin duda, una de las experiencias más fascinantes para cualquier amante del vino

Padre e hijo dirigiendo una cata histórica

Para dimensionar este hito, hay que recordar que la primera añada fue la de 1992, galardonada con la Gran Medalla de Oro en la feria Vinitaly 1997 en la categoría de vinos de crianza de cuatro años o más. Fue la primera vez que se le otorgó tal distinción a un vino no europeo. Por supuesto, un despliegue de tal magnitud requiere de una gran dosis de paciencia y previsión: haber guardado suficientes botellas a lo largo de las décadas, protegidas con corchos de la mejor calidad para asegurar un sellado impecable.

Un viaje al pasado en una cava histórica

Éramos unos cincuenta invitados reunidos en la antigua cava que los jesuitas construyeron en 1745. Sentados en mesas de a tres, con las diez copas ya dispuestas, escuchábamos desde el estrado a Fernando y Santiago Deicas, quienes nos guiaron a través de la historia de Preludio.

Fernando recordó el consejo de los consultores franceses en la década de los 80, que no entendían por qué en Uruguay no se producían tintos de categoría al estilo de los de Burdeos…,” Porque las condiciones geográficas son muy parecidas, con la presencia de un gran estuario muy cercano a los viñedos, un clima y una latitud similares, y suelos que, sin ser iguales, no son tan diferentes», explicaban los expertos.

La cava completa de catadores

Aquel fue el puntapié inicial. «Fue entonces que con mi padre comenzamos a importar las variedades tintas bordelesas, y también blancas como Chardonnay y Sauvignon Blanc. Al mismo tiempo, tuvimos que importar prensas y los equipos necesarios para encarar la elaboración de los vinos finos», rememoró Fernando al iniciar la cata.

Entre copas, historia y grandes cosechas

A continuación, Santiago, quien llevaba la voz cantante, explicó que las cosechas elegidas para este show de vitalidad y resistencia fueron seleccionadas minuciosamente. Nos propuso comenzar con la cosecha 2021, la más nueva. En simultáneo, hilvanaba el relato con los acontecimientos que ocurrían aquí y en el mundo en aquel momento. En ese 2021, por ejemplo, se celebraron los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (suspendidos por la pandemia), Argentina ganó la Copa América dándole a Messi su primer título con la selección, y en Uruguay, la AUF cesaba al Maestro Tabárez como director técnico de la Celeste.

Lanza degustando la cosecha 1995

Así, mientras probábamos cada cosecha, Santiago detallaba las características climáticas de cada año: si había sido una temporada muy seca o húmeda, o si la brotación había sido temprana o tardía.

Por mi parte, fui tomando apuntes a medida que degustaba. Encontré muy disfrutable el 2020, suave y redondo en boca. Del 2018 anoté: mucha fruta, jugoso, taninos discretos y un buen cuerpo. El 2013 destacó por ser muy fresco, sorprendiendo con su vivacidad. Por supuesto, al tope de mi podio coloqué al 1995; la añada más veterana de la mesa exhibió una vitalidad sorprendente para sus 31 años de vida.

El secreto de la diversidad uruguaya

El secreto de Preludio reside en su compleja arquitectura: seis cepajes participan de su corte, siempre con el Tannat a la cabeza, seguido por los dos Cabernet (Sauvignon y Franc), Merlot, Petit Verdot y, en ocasiones, Marselan. Otro aspecto fascinante es que hasta once viñedos diferentes contribuyen con sus uvas, provenientes de Canelones, San José, Durazno, Lavalleja y Maldonado. Esta combinación de distintos departamentos en cada añada es una demostración palpable de la vocación de la familia Deicas por experimentar con los suelos, entendiendo el carácter único que aportan al producto final.

El menú diseñado por Mechi

El broche de oro

Una vez finalizada la cata vertical, la celebración se trasladó a la sala principal para la cena. El refinamiento estuvo presente hasta en el más mínimo detalle: el nombre de cada invitado esperaba impreso debajo de su copa, y el menú preparado por Mechi Deicas fue tan fino, delicado y delicioso como de costumbre.

Al final de la noche, quedó claro que Preludio no es sólo un vino; es una bitácora líquida del suelo y del clima uruguayo. Esta cata no sólo demostró la notable capacidad de guarda de la etiqueta insignia de la bodega, sino también la vigencia de una visión familiar que, hace más de tres décadas, se animó a desafiar la historia para demostrar que en Uruguay se pueden crear vinos eternos.