Pioneros y visionarios en la Sierra de la Ballena. Esa es la historia de un viñedo que redefinió el departamento de Maldonado, como zona productora de vinos. A comienzos del siglo XXI, el tranquilo paisaje de la Sierra de la Ballena, a escasos cinco kilómetros del Atlántico, se despertó ante una transformación inesperada: la plantación de nuevos viñedos en su ladera. Los artífices de esta audaz movida fueron Paula Pivel y Álvaro Lorenzo, una pareja que, quizá sin plena conciencia del impacto, estaba marcando nuevos rumbos en la vitivinicultura uruguaya

Álvaro y Paula con Eduardo y Omar

Fue en 1998 cuando la pareja decidió establecer una pequeña bodega en el departamento de Maldonado. En aquel momento, la zona contaba con una presencia vitícola mínima: «Por esa razón no podemos decir que fuimos pioneros en la zona. Aunque esa visión sin duda cambia si tenemos en cuenta las importantes inversiones que vinieron después,» comenta Álvaro.

La decisión representó un cambio de vida monumental para Paula Pivel. Ingeniera de profesión y con un cargo gerencial en un banco de prestigio, renunció a su carrera corporativa para inscribirse en la Escuela Superior de Vitivinicultura. Sin más experiencia que la de ser apasionados consumidores, Paula y Álvaro se lanzaron a la búsqueda del terroir perfecto, guiados por la opinión del influyente experto español Luis Hidalgo, quien aseguraba que el Este ofrecía condiciones excepcionales para los vinos finos. Los viajes de exploración los llevaron a recorrer una vasta geografía, desde Lavalleja y Sierra de las Ánimas hasta La Paloma.

El viñedo desde la ruta 12

La Sierra de la Ballena y el rescate de una historia

Finalmente, en el año 2000, adquirieron casi veinte hectáreas en la Sierra de la Ballena, sobre la Ruta 12. Con esta acción, retomaron la perdida tradición vitivinícola del departamento de Maldonado, una que había sido iniciada por Francisco Piria hace más de un siglo. La apuesta fue una señal. Años después, surgieron nuevos emprendimientos en la región: en la Sierra de las Ánimas, en Carapé, en las colinas de Garzón y en los alrededores de Pueblo Edén. Algunos pequeños y familiares, otros como importantes desarrollos de prestigiosas empresas agroindustriales. Esta realidad permite asegurar que hoy, Maldonado está ineludiblemente asociado a los grandes vinos del país.

Los viñedos en la ladera de la Ballena

Las primeras cepas: un sueño al estilo Saint Émilion

La primera plantación se concretó en la primavera de 2001, y continuó en los años siguientes hasta alcanzar las ocho hectáreas. La ilusión inicial de Paula y Álvaro estaba puesta en las cepas tintas Merlot y Cabernet Franc, las variedades típicas de Saint Émilion que tanto los apasionaban. Sin embargo, tras 12 meses, la realidad uruguaya les recordó la cepa emblema del país: el Tannat. Plantaron entonces 1,5 hectáreas de esta variedad, aunque confesando haberlo hecho «sin gran entusiasmo» en aquel momento.

Las primeras, y modestas, cosechas se realizaron en 2005. La vendimia importante llegó al año siguiente, en 2006. Sin contar aún con una bodega propia, vinificaron en Atlántida, en la bodega de Pablo Fallabrino. En esa etapa crucial, ya contaban con el asesoramiento del enólogo neozelandés Duncan Killiner y del ingeniero Néstor Merino en el viñedo.

El Legado del coraje y el Terroir

Hoy, la historia de Paula Pivel y Álvaro Lorenzo se ha convertido en un hito ineludible. El sueño que comenzó con una búsqueda apasionada y la valentía de un cambio radical no solo devolvió la vocación vitícola a Maldonado, sino que también demostró el potencial de sus sierras para la alta calidad. Hoy se celebran 25 años de aquel comienzo, que cimienta el lugar de Álvaro y Paula, como pioneros que se atrevieron a mirar e invertir en el Este del país. Participamos del festejo que realizaron el pasado viernes 21 de noviembre, en los salones del Hotel Sofitel, donde brindamos con varias cosechas de Merlot, desde la inicial del 2005, 2006, 2016 y la del 2025, que sin duda estará presente en los festejos del próximo cuarto de siglo.