El británico Tim Atkin es Máster of Wine y se ha consolidado como destacado periodista, locutor, comentarista, juez y fotógrafo especializado en vinos. Escribe para importantes publicaciones del mundo, entre ellas: The Guardian, The Telegraph y la prestigiosa revista inglesa: The World of Fine Wines. Es juez concurrente juez en concursos internacionales, y ha copresidido el International Wine Challenge y entre tantos otros muchos. Es consultor y ha venido a nuestro país en varias ocasiones. Tiene su propia web, crear sus propios reportes de diferentes regiones vinícolas y cada semana, envía un mail a sus suscriptores

A Eduardo Lanza le gustó compartir con la comunidad de Catadores, el mailing enviado por Atkin el pasado 27 de junio, el cual transcribimos a continuación:

A algunas personas les molesta mucho el peso de las botellas. Ya saben a qué me refiero: esos recipientes que te hacen mirar, que ponen a prueba tus bíceps y articulaciones. Estas bestias son especialmente populares en Argentina, Chile, Italia, España y Estados Unidos, pero pueden aparecer en cualquier lugar. Son un intento de añadir gravedad a los líquidos que contienen. Un poco como las cápsulas de cera, que también son una forma de hacerte sentir que tu gasto estuvo justificado.

Las botellas pesadas son, en mi opinión, absurdas. Pero cada vez me preocupa más el mal uso del roble nuevo. Las barricas no reciben tantas críticas como las botellas obesas, pero también tienen su huella de carbono y están desfasadas con el espíritu de la época. Antes, la madera de primer uso se consideraba una forma de añadir dulzor a las uvas tintas reservadas y de alta acidez, sobre todo al Cabernet Sauvignon, en la época en que el clarete de la Rive Gauche de Burdeos, tenía dificultades para madurar. Luego se convirtió en parte de una receta, aplicada sin pensar en todo el mundo. Una de las maneras de producir un tinto «icono» era cubrirlo con roble, tal como se lo metería en una de esas botellas para fisicoculturistas.

Claro que todavía hay grandes vinos envejecidos en madera nueva, pero creo que la mayoría sabrán mejor en fudres, roble viejo, hormigón, ánforas o una combinación de los cuatro. La madera es un condimento. Su función, por decirlo de alguna manera, es susurrar, no gritar. Cada vez busco más pureza, frescura y un sentido de pertenencia en la copa. No quiero tostadas, granos de café, canela ni vainilla. Son añadidos —a veces atractivos—, pero a esta altura pienso que ocultan la esencia del vino.