Pablo Dotta es licenciado en Ciencias de la Comunicación y también sommelier. Egresó de la Escuela Gato Dumas en 2014, con la medalla de oro de su generación. Hoy reside en Francia y colabora con www.vinummedia.com, sitio para el que escribió esta interesante nota. Catadores le da las gracias a Pablo por su colaboración

No es raro ver en Internet o incluso tener con colegas, consumidores expertos e inexpertos, la discusión sobre si se lo pone o no hielo al vino.

Aquellos que rechazan el vino con hielo, tienen como principal argumento que el mismo, al derretirse, diluye el vino y por lo tanto sus aromas, sabores, etcétera. Los que sin tapujos tiran una o varias piedras de hielo dentro de una copa, argumentan que eso es preferible a tomar un vino fuera de temperatura. El gran problema de esta discusión es que ambos argumentos son válidos.

Aquél que produce el vino desea que el mismo sea disfrutado en su plenitud, mientras que el que lo consume es dueño de la experiencia. Al fin y al cabo, como consumidor, si decido comprarme un Ferrari para manejarlo a 60 km/h es mi problema, aunque no haya sido concebido para eso..

Si he de plantar bandera, lo haré en el bando de aquellos que rechazan el hielo en el vino, pero cuidado, no con el fundamentalismo de los extremos ni con el argumento de la dilución del hielo y por consiguiente la de sus propiedades, sino desde un punto de vista circunstancial.

Es decir. Es indudable que es preferible diluir un poco un vino que tomarlo fuera de temperatura. Me parece más agravante esto último que lo primero. Pero el problema que veo en el uso del hielo es el manejo de los tiempos de la experiencia. ¿Realmente estoy tan apurado para tomar que no puedo esperar que el vino baje su temperatura en una hielera o refrigerador? Así podré disfrutarlo en la temperatura y “concentración” adecuadas… Puedo también refrescar la copa para que el vino se mantenga más tiempo fresco. Puedo servirme de a poco para evitar que aumente su temperatura cuando el clima agobia.

Puedo aprovechar esos diez o quince minutos de espera para dejar guardado el móvil y conversar con la persona (o las personas) que estén en la mesa. Si estoy solo puedo adelantar ese libro abandonado, escuchar ese disco que hace tiempo está esperando o pensar en eso que hace días da vueltas en mi cabeza.

El vino forma parte de los buenos momentos, y estos a veces hay que esperarlos un poco para que sean aún más valiosos (los vinos y los buenos momentos).

Más allá de todo esto, brindo porque la gente se siga acercando al vino como sea, con o sin hielo, con o sin refresco, con o con alegría, sin o sin vergüenza… Lo que sí, brindo en un rato, porque mi vino está algo subido de temperatura y lo pondré en el refrigerador. Mientras tanto revisaré este texto antes de compartirlo. ¡Salud!

www.vinummedia.com