En especial, en los países anglosajones encuentran que tanto los de plástico como la tapa rosca presentan ventajas claras respecto al tradicional corcho, que en ocasiones resulta defectuoso. Esta preferencia no tiene en cuenta la opinión de la prestigiosa asociación británica Wine and Spirit Association, quien ha demostrado que apenas un 0,6% de las botellas tapadas con corcho presentan problemas.
Los alcornoques se concentran en la cuenca del Mediterráneo, más que nada en Portugal, España, Italia, Marruecos y Argelia, pueden vivir unos 300 años y cada nueve se les retira la corteza para obtener el corcho. El principal argumento de los ecologistas se basa en que se trata de un material natural, biodegradable y renovable.
Pero a mediados de los 90, este tradicional cierre comenzó a ser acusado de causar olores y gustos indeseables, sobretodo en los vinos de mayor categoría, aquellos que atesoran los coleccionistas o reposan en las cavas de los restaurantes más prestigiosos del hemisferio norte.
Los de plástico. Estas críticas y quejas presentaron una grieta en el hasta entonces mercado monopólico del corcho, que los productores de tapones sintéticos no tardaron en aprovechar. En realidad, mucho antes se utilizaba el plástico para los vinos baratos; para introducirlo en el segmento de los finos, significaba una gran dificultad, porque el consumidor asociaba una cosa con la otra.
Los desarrollos e investigaciones llevaron a producir tapones más sofisticados, de terminación mate, tacto seco, suave y de un color beige muy similar al del corcho. Sin embargo resulta significativo que las nuevas marcas que aparecieron en el mercado llamaron a sus productos con el sufijo cork (que significa “corcho”): Supremecorq, Excellent Cork o Nomacorc. Esta última abarca una porción muy grande del mercado internacional y en nuestro país cuenta con una presencia dominante; resultante de un desarrollo del industrial belga Gert Noël y un equipo de ingenieros que pasó 6 años dedicado a la investigación antes de presentar el primer tapón. Se produce por un proceso de co-extrusión, que en una primera etapa crea un cilindro de espuma, que constituye el núcleo del tapón. Luego se le aplica una capa externa flexible, que se une térmicamente al cilindro anteriormente formado y que se puede grabar con el nombre de la bodega que lo utilice. De esta manera se obtiene un producto muy confiable, porque resulta mucho más homogéneo que el tradicional y además no se quiebra al sacarlo de la botella. En nuestro país ya lo utilizan casi todas las bodegas para sus líneas VCP de tintos jóvenes, en sustitución de los tapones de corcho aglomerado que hasta ahora se destinaban a este segmento.
La tapa rosca. También conocida por Stelvin, por la marca francesa que primero la impuso en el sector del vino fino, es la fuerte competidora del corcho natural y del plástico, y la que conquista cada vez mayores porciones de mercado. Hoy ya se la considera como el tapón ideal para el vino, sobre todo si se trata de vinos de consumo relativamente rápidos, especialmente los blancos que deben conservar su frescura y no envejecer antes de tiempo. Todavía no hay datos sobre sus resultados en proteger a los vinos de guarda, ya que las pruebas deben ser lo suficientemente largas como para validar el buen envejecimiento. En Australia, un alto porcentaje del vino blanco lleva tapa rosca y en Nueva Zelanda también se ocupa para vinos tintos, especialmente el Pinot Noir. Sus mayores ventajas son un cierre muy hermético y la supresión del uso del sacacorchos, que a menudo puede resultar demasiado engorroso para muchos consumidores.
Vive y lucha. El corcho por su lado no se da por vencido y las empresas corcheras de Portugal y España incorporan cada vez más tecnología para brindar seguridad a sus clientes. De hecho, se han logrado avances muy importantes. Todavía, y por mucho tiempo, para los vinos de gran categoría no se discute su uso.
Humedad y moho
En la década de los 80, al corcho se le atribuyó la responsabilidad de la aparición del TCA (tricloroanisol), un compuesto que huele a humedad y a moho, que se impone a los aromas naturales del vino. Se forma a partir de la unión de los fenoles con partículas de cloro del agua, por la acción de hongos en ambientes de humedad constante.
Este fenómeno hizo que muchos bodegueros afectados por este defecto buscaran con afán tapones sustitutos y fomentó sin duda en gran medida la aparición de los mismos.
Muchos años tuvieron que pasar hasta que la industria del corcho portuguesa (mayor productora del mundo) investigara la base del problema y encontrara formas de erradicarlo. Sus estudios no sólo dieron con el origen del TCA –antes descrito–, como consecuencia de este hallazgo determinaron que el temido compuesto aromático podía formarse en cualquier lugar donde hubiera fenoles, cloro, hongos y humedad. Es decir, casi en cualquier sitio.